Escudo episcopal de Dom Antonio de Castro Mayer
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— A fin de que vuestra acción al combatir estos errores sea más completa, os recomiendo aún la mayor precisión de lenguaje. En escritos religiosos contemporáneos, destinados, no pocas veces, a la divulgación entre el pueblo fiel, se leen palabras que estarían mejor empleadas en trabajos de carácter estrictamente técnico, destinados a especialistas. Estos términos o palabras pasan, como es natural, de los escritos a la predicación, a las conferencias y reuniones de las asociaciones religiosas, hasta tornarse corrientes en ciertos medios. De estos términos, si algunos son excelentes, otros son simplemente susceptibles de buen sentido, y otros, por fin, son ininteligibles. De todo esto resulta gran confusión para el público a que están destinados. Citemos algunos: iglesia neumática, vivir en el pneuma, espiritualidad transpsicológica, antropocentrismo religioso, espiritualidad cristocéntrica, vivir en una tensión fortísima, virtutocentrismo, moralismo, etc.
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— Al tratar de la Santa Misa, conviene acentuar siempre que la Consagración es su parte esencial más importante; que la Misa, como verdadero Sacrificio de la Nueva Ley, tiene cuatro fines: Latréutico, Eucarístico, Propiciatorio e Impetratorio. Y que la Comunión es medio excelente de participar del Santo Sacrificio, de manera que excluya la idea de que la simple asistencia a la Misa es más importante que la Comunión Sacramental.
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— Al exponer la Doctrina del Cuerpo Místico, hay que evitar cualquier expresión que pueda inducir a un concepto panteísta.
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— Al inculcar la devoción al Eterno Padre no debéis hablar de Jesucristo exclusivamente como de simple Mediador. Tal manera de proceder induciría a los fieles a pensar que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no puede ser objeto de nuestra adoración, sino simple intermediario entre nosotros y Dios Nuestro Señor. Este cuidado se debe tener especialmente en las regiones donde más extendido está el Espiritismo, que, como sabéis, amados Cooperadores, niega la Divinidad de Jesucristo.
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— Recordemos que, según la “Mediator Dei”, está fuera de camino el que repudia y reprueba el canto polifónico, aun cuando sea conforme a las normas emanadas de la Santa Sede (AAS. 39, págs. 545-6). La misma encíclica recomienda el canto religioso popular (ib., pág. 590).
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— Sobre el uso del latín en la Sagrada Liturgia, atiendan nuestros carísimos Cooperadores a lo que sabiamente dijo el Santo Padre Pío XII, en la misma “Mediator Dei”: “El uso de la lengua latina vigente en gran parte de la Iglesia es una señal clara de la unidad y un eficaz remedio contra corruptelas de la pura doctrina” (AAS. 39, pág. 545).
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— No pierdan ocasión de inculcar verdadera devoción al Santo Padre el Papa, y, en grado menor, al Obispo Diocesano.
En este punto es preciso evitar cierta tendencia que, con el laudable deseo de estrechar los lazos de caridad entre las ovejas y el Pastor local, presenta una tal idea del Obispo que le confiere una especie de infalibilidad y le coloca casi al lado del Santo Padre, el cual en este concepto no pasaría de un simple fiscal de los Obispos. Enseñad en esta materia de las relaciones entre el Papa y los Obispos la doctrina exacta.
Nuestro Señor Jesucristo instituyó en la Iglesia una sola Jerarquía de gobierno, compuesta de dos grados armónicos: El Papa, y, a él subordinados, los Obispos (canon 108, 3.°). La unidad de esta Jerarquía es noción indispensable para que los fieles se sepan situar ante ella. Viéndola como un solo todo que tiene en la cúspide al Soberano Pontífice, fuente de toda jurisdicción en la Iglesia, considerando en la misma perspectiva a los Obispos y el Papa, el fiel tributará a todos ellos el respeto, la veneración y el amor que se les debe.
En esta perspectiva, conviene recordar que la plenitud del poder la tiene el Romano Pontífice, que tiene jurisdicción directa e inmediata sobre los Obispos y los fieles. La jurisdicción de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, se ejerce en armonía con la jurisdicción pontificia y con dependencia de ésta.
Este es el cuadro normal de la Iglesia. Querer inculcar una devoción al Papa enteramente diversa y hasta opuesta a la devoción al Obispo, y viceversa, pretender inculcar una devoción al Obispo diversa y opuesta a la devoción al Papa, sería negar implícitamente la unidad armónica de la Jerarquía.
Amemos con extremada caridad al Papa y al Obispo, a cada cual según la posición y en la medida de los poderes que Nuestro Señor Jesucristo les confirió.
Los fieles más devotos de su Obispo — y todos los católicos deben serlo — no vacilarán en mostrarse respetuosísimos con la Suprema Autoridad del Romano Pontífice, en toda la extensión en que ésta le fué dada por el Fundador de la Iglesia.
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— Sobre el Magisterio Eclesiástico, enseñad que, siendo el Magisterio Pontificio infalible, y el de cada Obispo, aunque sea oficial, falible, es posible a la humana fragilidad de uno u otro Obispo caer en error; y la Historia registra algunos de esos casos, que producen, como es claro, las más peligrosas consecuencias. Esto no obstante, no se puede dejar de enseñar a los fieles cómo deben obrar en tales contingencias. En esas circunstancias tan dolorosas, el primer deber de los fieles es mantener todo el respeto a la persona sagrada del Pastor que les fué dado por la Providencia y acatar fielmente sus órdenes en todo cuanto no se oponga a la fidelidad directa y más alta que deben al Vicario de Cristo.
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— Inculcad también veneración al celibato eclesiástico, que constituye una de las más preciadas glorias del pensamiento católico y de la Iglesia Latina.
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— Al tratar de las relaciones entre la Teología y la Filosofía, no adoptéis nunca un lenguaje que niegue, explícita o implícitamente, el principio de que la Filosofía es un auxiliar de la Teología y la verdadera sabiduría está en la Revelación, dádiva misericordiosa de Dios, para iluminar a las almas y dirigirlas a la salvación.
No se pierda ocasión de inculcar admiración por la Filosofía Escolástica, evitando actitudes de indiferencia entre esta Filosofía y otras. Igualmente, no se consienta en señalarla como superada por las nuevas corrientes del pensamiento moderno o nuevas escuelas apologéticas.
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— Todo modo de hablar de los católicos sea sobrenatural. No tenemos motivos para temer afirmar en cualquier momento que creemos en la Revelación, en la Gracia, en la Divinidad de la Iglesia. La Fe es el mayor don de Dios. La Fe nos confirma en los conocimientos más necesarios para la elevación de nuestra naturaleza y para orientar nuestro proceder en el camino hacia nuestro eterno destino. Sería lamentable que para no desagradar al mundo tuviésemos miedo de afirmar nuestra Fe. Daríamos la impresión de que no es sólida y de que a nuestro modo de ver todas las religiones son iguales.
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— En este mismo sentido reprobamos el sistema de apologética que emplea sólo argumentos de razón y se contenta con elevar las almas a una religión meramente natural, esperando que las irremediables insuficiencias de la religión natural llevarían a las almas a encontrar por sí mismas la Revelación.
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— Igual prudencia en el modo de hablar se recomienda con relación a los problemas sociales. No debemos parecer soldados de otra causa que no sea la nuestra, ni dar la impresión de un exclusivismo incompatible con la santidad de nuestra misión; sobre todo no halaguemos al gran poder de hoy día que es la multitud, dándole a entender que nos asociamos al progreso revolucionario, que está llegando, con el comunismo, a la última etapa de la destrucción del mundo occidental. Oímos a veces afirmar que la Iglesia es revolucionaria y que si no descubre enteramente sus posiciones es solamente porque precisa aún de los ricos para construir templos. Es fácil percibir cuánto oportunismo, degradante naturalismo y profunda corrupción doctrinal encierra esta frase. La Iglesia no está al servicio de “mamón” en la lucha contra la demagogia y el Socialismo. Y mucho menos es una esclava de la multitud. Somos el Cuerpo Místico de Cristo, que está inconmensurablemente por encima de todo esto, y que lucha para implantar en la tierra el reino de la justicia y de la caridad, sin acepción de personas.
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— Mayor precaución aún se recomienda en la formación de la pureza y en la explicación de los deberes conyugales. La Moral Católica, así como las costumbres tradicionalmente seguidas en la Iglesia, resguardan perfectamente, en el trato de estos delicados asuntos, todas las conveniencias de la virtud.
En esta atmósfera de creciente corrupción, es necesario que nos agarremos con redoblado fervor a nuestros principios y tradiciones. Debemos evitar, no sólo lo que es malo en nuestra conducta, sino también cualquier actitud que pueda expresar aprobación por nuestra parte de la atmósfera sensual del mundo moderno.
La pureza supone, para su práctica plena y estable, todo un ambiente de dignidad, gravedad y recato. Es inútil imaginar que esta virtud pueda existir en grupos donde no se evita cuidadosamente no sólo el pecado, sino todo aquello que se puede calificar como aliento del mal. Por esto, no admitan los fieles en su convivencia chistes o expresiones más o menos equívocas, canciones carnavalescas, palabras de doble sentido cuya trivialidad excesiva no esté conforme con la dignidad que debe reinar en ambientes católicos.
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— Al considerar los problemas relativos a la acción de la Iglesia en nuestros días, Nuestros amados Cooperadores sean realistas, sin pactar, sin embargo, con el espíritu de novedad que ataca todo cuanto es antiguo sólo por ser antiguo, y tiende a alabar todo cuanto es nuevo sólo por serlo, y así se apartan del verdadero espíritu tradicional de la Santa Iglesia, como enseña la Carta de la Sagrada Congregación de los Seminarios al Episcopado brasileño: “El espíritu de novedad no dejará de criticar nada de cuanto hasta hoy, aun con visibles ventajas, se había practicado. Se aprovechará de cualquier abuso, y aun de cualquier exageración en una costumbre tradicional o en un método de apostolado, para ridiculizar y hostilizar todo el conjunto” (AAS. 42, pág. 840).