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Parte III

La psicocirugía revolucionaria en cámara lenta

 

Tres operaciones de efectos reversibles y una  nueva vía revolucionaria...

·      Se desvencijan las estructuras del Estado sin desmontarlos todavía. (Sistema jurídico institucional – autonomías – Corona)

·      Corrosión de las instituciones en la sociedad (Propiedad – familia – educación).

·      Transformación “lúdica” de las mentalidades. (Ambientes – costumbres – cultura y civilización).

… que conduce a una sociedad disgregada autogestionaria, sin Dios ni ley.


Capítulo 9

El Rey

I — Y el PSOE se vuelve monárquico...

 

Si la neorrevolución socialista desorienta a muchos por su labia ecuménica y por sus desplazamientos ideológicos en materia de poder estatal, de propiedad, de regionalismo, de proletariado... uno de sus virajes más sorprendentes se efectuó en lo referente a la Monarquía.

 

1- En tiempos de Alfonso XIII

En tiempos de Alfonso XIII, para los socialistas —y comunistas a fortiori— la Monarquía era un obstáculo que se trataba de quitar de en medio. Deseaban eliminar también al carlismo, pues lo veían como un quiste de resistencia tradicional que retrasaba la marcha de España por los caminos de la izquierda. Nadie podía dudar de ello: "No somos monárquicos —había dicho Pablo Iglesias— porque no lo podemos ser; quien aspira a suprimir al Rey del taller no puede admitir otro Rey." [1]

La misma posición aparece en las violentas declaraciones de Negrín, como presidente del Gobierno de la República en el exilio, recogidas por Emilio Romero en su Tragicomedia de España: "Amigos míos, no hay que negar que se ciernen graves peligros para la República... Es preciso que digamos las cosas claras, y que lo sepa todo el mundo, dentro de España y fuera de España: la Monarquía sería la guerra civil permanente. La Monarquía ha perdido sus raíces en España, no la quiere nadie, (...) ¿Es que nos hemos olvidado de cómo empezó la sublevación militar de 1936? ¿Qué otra cosa fue sino una revuelta monárquico-militar? (...) No podemos por ningún concepto admitir, ni siquiera como transición, la Monarquía en España. Pero es que, además, en el sentimiento de todos los españoles, en el sentimiento íntimo y recóndito de todos los españoles, la idea de la decadencia —yo preferiría decir decaimiento— de nuestro país está íntimamente ligada a la Monarquía. Ningún español patriota, conocedor de nuestra Historia, puede ser monárquico sin alguna aberración mental fundamental. Habsburgos y Borbones fueron los que condujeron a España a la ruina." [2]

 

2- En tiempos de Juan Carlos I

Hoy, como se sabe, Felipe González, Alfonso Guerra, Carrillo o la Pasionaria, adoptan en relación a la Monarquía y al Rey una actitud notoriamente distinta.

Sobre el nieto de Alfonso XIII, la Pasionaria, por ejemplo, declaró en 1977: "Juan Carlos a nosotros no nos estorba. Es el pueblo el que puede decidir eso, pero a nosotros, de momento, Juan Carlos no nos estorba". Concluyendo: "Yo creo que incluso con la Monarquía puede haber un régimen democrático." [3] El mismo año, Carrillo advertía: "Soy republicano, pero si en vez del Rey hubiésemos tenido un presidente de la República en este periodo, seguramente no se celebraría este mitin, porque habría comenzado ya el tiroteo.'' [4] Sin entrar a comentar las ventajas políticas que el dirigente comunista pretendía obtener de sus declaraciones recurriendo al fantasma de la guerra, es evidente que su temor era que sin la Monarquía, la reacción de la opinión pública conservadora hubiese hecho imposible el avance de las izquierdas.

En abril de 1978, cuando se preparaba en las Cortes la Constitución, el IX Congreso del PCE, reunido en Madrid, aprobaba por amplia mayoría, una resolución apoyando la permanencia de la Monarquía en España [5]. Por otra parte, es de dominio público que el establecimiento de la Monarquía parlamentaria fue conseguido con el consenso de todas las izquierdas cuando se aprobó la Constitución. Por último, no abundaremos aquí en las numerosas declaraciones de Felipe González elogiando el papel del Rey en el actual proceso político. Baste recordar que un dirigente socialista como Alfonso Guerra —cuyo prestigio dentro de los sectores duros del socialismo es bien conocido— afirmó: "Todos los españoles, y especialmente los políticos, debemos tener un exquisito cuidado y defender la alta institución de la Corona. " [6]

La Monarquía volvió, pues, contando con el apoyo de las izquierdas y mantiene con ellas relaciones ostensiblemente cordiales. Estos son los hechos.

 

II — Un diálogo y una alianza históricos

Por otra parte, es innegable que las fuerzas políticas revolucionarias —que continúan afirmándose y siendo intrínsecamente republicanas a fuer de radicalmente igualitarias— se distinguen por tener sus planes y métodos muy definidos. La nueva posición frente a la Monarquía no puede ser, pues, considerada como una conducta efímera. Se trata en realidad de una política de gran envergadura. ¿A qué coordenadas responde?

 

1. En el pueblo: la fuerza de una imagen ideal de la Monarquía

¿Podía imaginar, quien haya asistido con superficialidad al melancólico naufragio de la Monarquía en 1931 que, medio siglo después, estaría nuevamente restaurada como pieza clave de la política española?

 

a) La España oficial y la España real.— Existe en esta cuestión, como en muchas otras, una gran diferencia entre lo que se ha dado en llamar la España oficial (estrellas de la vida pública, del gran mundo, de la intelligentsia y de las altas finanzas, artificialmente amplificadas por los medios informativos) y la España real.

Resulta evidente que las izquierdas comprendieron que la Monarquía les era útil, porque supieron ver que conserva todavía una influencia profunda en la España real. Su presencia a lo largo de toda nuestra Historia dejó una huella demasiado honda en los espíritus, que la furia republicana no consiguió borrar y que perduró en los decenios posteriores. Esa huella se cristaliza en la imagen que los españoles nos hacemos generalmente de la Corona, y más especialmente de la figura del Monarca.

 

Los nuevos “monárquicos”

La Monarquía volvió contando con amplio apoyo del neosocialismo.

¿A qué objetivos estratégicos responden las sonrisas ecumenistas de unas izquierdas que simulan haber olvidado las vociferaciones de un Pablo Iglesias, un Negrín, o una Pasionaria?

"La Monarquía seria la guerra civil permanente....No podemos por ningún concepto admitir, ni siquiera como transición, la Monarquía en España" (Negrín)

"No somos monárquicos porque no lo podemos ser; quien aspira a suprimir al Rey del taller no puede admitir otro Rey" (Pablo Iglesias)

Felipe González saluda al Rey Don Juan Carlos en el aeropuerto de Barajas, el 12-2-1984.

En 1977 las cosas habían cambiado, y la Pasionaria podía declarar que: "De momento Juan Carlos no nos estorba".

A su vez, Carrillo advertía: "Soy republicano, pero si en vez del Rey hubiésemos tenido un presidente de la República en este periodo, seguramente no se celebraría este mitin, porque habría comenzado ya el tiroteo".

En la foto, el dirigente comunista saluda a S.M. la Reina en el transcurso de una recepción en Palacio.

b) Algo de la majestad seria de Felipe II y de la amabilidad gentil de Alfonso XIII.— En España es difícil pronunciar la palabra Rey sin evocar de algún modo y al mismo tiempo, la solemnidad majestuosa y seria de Felipe II, y la amabilidad gentil, un tanto cosmopolita, de Alfonso XIII. Ha sido sobre todo por la superposición de estos dos clichés que se formó la imagen ideal del Monarca tal como lo entiende el español de hoy.

 

2-  Como personajes de un auto de Calderón, la Monarquía y la izquierda dialogan

a) La impotencia recíproca.— Ahora bien, esta imagen tiene suficiente arraigo en el alma de nuestro pueblo como para constituir, por sí sola, un obstáculo psicológico importante a la evolución del proceso revolucionario. Para una izquierda que aspirase a gobernar España y a transformarla profundamente, ¿no resultaría peligroso o incluso quimérico pretender avanzar instaurando una nueva república y desafiando esa imagen tan arraigada con la constelación de valores que trae consigo? ¿No sería más hábil hacer concesiones a los sentimientos monárquicos del pueblo y poder así llevar a cabo las transformaciones revolucionarias en otros campos?

A su vez, del lado de la Monarquía, muchos sostenían que sería también una quimera pretender restaurarla sin el asentimiento de las izquierdas. El hecho de que la imagen monárquica entusiasmase a muchos, despertase simpatía en otros y nostalgia en la mayoría, no bastaba para lograr una restauración estable.

 

b) La alianza.— En el escenario de una España indecisa sobre su futuro se enfrentaban así dos impotencias recíprocas: La Monarquía, impotente para restaurarse y la izquierda, impotente para avanzar*. Se hizo, pues, la alianza. Cual personajes de un auto de Calderón de la Barca, la izquierda dijo a la Monarquía: "Vuelve al trono con mi apoyo, más tarde pensaré en derribarte. Nunca subirías si yo no te ayudase". Y la Monarquía le respondió: "Mi vuelta hará posible tu caminada. Nunca avanzarías si yo no fuese restaurada."

Ambas están seguras de que llegará un momento en que se enfrentarán. El resultado final, según el curso normal de los acontecimientos hoy en día, no permite muchas dudas a los espíritus serios.

 

*El escritor francés Philippe Nourry en el libro de amplia repercusión en Francia y en España, Juan Carlos — Un roi pour les republicains, presenta favorablemente la política de la actual Monarquía española. Así alude en él a esta impresión de impotencia recíproca, que marcaba las negociaciones desde la década de los cuarenta: "El acuerdo entre monárquicos y socialistas era, efectivamente, de interés vital para unos y para otros. Los monárquicos —en la perspectiva democrática de pacificación nacional que era la del conde cié Barcelona— no pudiendo dispensar el apoyo de las organizaciones obreras y al menos ciertos elementos eminentes de la diáspora republicana, y, por otra parte, la izquierda española, no pudiendo válidamente apoyarse tan sólo en la legitimidad de un Gobierno republicano en el exilio, que solamente habían reconocido en Europa la Unión Soviética y sus satélites" (Philippe NOURRY, Juan Carlos, un roi pour les republicains, pp. 84-85).

 

c) Don Juan y los socialistas: la negociación interrumpida.— El diálogo de este drama comenzó históricamente en el periodo en que España se encontraba pobre, mal vista por las potencias aliadas vencedoras de la II Guerra Mundial y cuando el régimen de Franco —no enteramente consolidado— tardaba en lograr una institucionalidad definida.

¿Cuándo fue exactamente? No lo sabemos. Lo cierto es que el 10 de mayo de 1945, Don Juan de Borbón, desafiando al régimen de Madrid, se decidió a tender por encima de éste un puente en dirección a la llamada izquierda democrática. Fue el conocido manifiesto de Lausanne, singularmente sugestivo cuando se lee en los días de hoy. Veamos, por ejemplo, este trecho: "Bajo la Monarquía —reconciliadora, justiciera y tolerante— caben cuantas reformas demande el interés de la Nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una Asamblea legislativa elegida por la Nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una más justa distribución de la riqueza y la supresión de los injustos contrastes sociales (...) en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos político-económicos de nuestro tiempo. (...) Mi mayor anhelo: la paz y concordia de todos los españoles. " [7]

Imagenes indelebles de una Monarquia multisecular...

Felipe II a los 30 años, con la armadura de "Cruces de Borgoña" que vistió en San Quintín. Oleo de Antonio Moro, Monasterio de El Escorial.

Alfonso XIII inaugura el Museo del Ejército en el Alcázar de Toledo

Alfonso XIII como coronel de Ulanos

Ya entonces el PSOE iniciaba, frente a la Monarquía, el cambio de actitud que años más tarde se baría de transformar en una de las líneas maestras de su política. El diálogo que a la sazón se trabó aparece respaldado por el congreso del PSOE en Toulouse en 1947. La figura más activa del lado socialista fue, sin duda, Indalecio Prieto, quien asumió la responsabilidad de los contactos y llegó a recibir de un nuevo congreso del PSOE en 1948 una moción de confianza para llevar a su término las negociaciones [8]. En una carta que dirigió a su correligionario Eulogio Urrejola, indica cómo se veían las cosas desde la perspectiva del PSOE: "En el chico de Estoril [Don Juan], se ha grabado ya la cosa de que necesita del Partido Socialista para una Monarquía democrática, y está encantado de darnos una amplia participación, al estilo laborista inglés. Es un infeliz, fuertote y guapo mozo; pero no más. Quiere reinar a toda costa, y no nos dará demasiado que hacer. Más adelante ya veríamos lo que se presentaba. Pienso visitar al ex embajador Hoare [Lord Templewood] que es un tío (...) salado, que siente verdadera obsesión porque España sea democrática y simpatiza claramente con esta fórmula mía última, a base de D. Juan. En cuanto al socialismo me aconsejó moderación. Conviene ir afianzando la idea de que hemos de luchar en un Frente Nacional con los monárquicos." [9]

Las negociaciones contaban con simpatías y ciertos respaldos internacionales, especialmente del Gobierno norteamericano, entonces hostil a Franco, pero debían avanzar con cautelas. El mismo Indalecio Prieto dio informaciones interesantes al respecto. No habrá contado todo, presumiblemente.

Relata que estando en Nueva York, en 1945, lo llamaron al Departamento de Estado. Le dieron incluso un compartimiento especial en el tren que le llevó a Washington. En la cancillería norteamericana, un alto funcionario le informó que aquella misma tarde debería entrevistarse con el delegado apostólico, monseñor Cicognani, añadiendo: "Estamos dispuestos a hacer por los demócratas españoles cuanto podamos, pero no daremos paso alguno en ese sentido sin la aquiescencia de Roma." Monseñor Cicognani se ofreció diplomáticamente, según Prieto, a transmitir las alegaciones de éste a la Santa Sede. El dirigente socialista estima que no encontraron acogida [10].

Sin embargo, la eclosión de la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, en los años 50, provocó un endurecimiento de las posturas anticomunistas en Occidente. El régimen de Madrid se consolidaba y los proyectos de Indalecio Prieto fueron a parar a algún cajón, donde tuvieron que esperar algunos años.

El Gobierno español, sin embargo, consideró conveniente no romper todos los puentes con Estoril y el Príncipe Don Juan Carlos fue invitado a estudiar en España bajo la tutela benévola del Caudillo.

Mientras tanto, las transformaciones psicológicas y sociales, que se operaron bajo el signo de la nueva mentalidad ecumenista y del goce despreocupado de la vida, desdibujaron los caracteres y los principios en todos los cuadrantes ideológicos, incluso los más firmes. Así, se fue desmoronando una parte de la muralla de resistencia monárquica ante las izquierdas: el carlismo*.

 

* El carlismo padeció una evolución dramática, llegando a escindirse en varias facciones, dividiéndose incluso los propios Príncipes tradicionalistas. Don Carlos Hugo de Barbón y Parma, pretendiente al Trono de España, abrazó una línea ideológica radicalmente autogestionaria, pese a las protestas públicas de su hermano, el Príncipe Sixto. Sectores carlistas mayoritarios que continúan inspirándose en los ideales de la España tradicional están actualmente coordinando sus esfuerzos en la Comunión Tradicionalista-Carlista, unida desde el Congreso del Escorial que se realizó del 2 al 4 de mayo de 1986 (cfr. "Ya", 11-5-1986; "El Alcázar", 6-11-1986).

 

III — En el reinado de Don Juan Carlos la alianza histórica produce sus frutos

 

Juan Carlos I sucedió a Franco como Jefe de Estado, en calidad de Rey. Fueron muchos los que aplaudieron con calor y esperanza su ascensión al Trono de los Reyes Católicos. Sin embargo, al poco tiempo quedaba claro que, en su remado, estaba fructificando el diálogo histórico entre la Monarquía y las izquierdas*. Con ello, muchos de los que comulgaron en un mismo entusiasmo, comparten hoy las mismas perplejidades. ¿Cuándo se dará el enfrentamiento entre las dos partes de suyo antitéticas? No se sabe. Lo que sí parece cada vez más claro, a medida que pasa el tiempo, es que en esta alianza sorprendente la ganancia mayor es de la izquierda.

 

* Así pareció entenderlo el propio Don Juan de Borbón, cuando declaró: "Mi hijo trajo a España la monarquía democrática por la que yo he luchado" (Philippe NOURRY, op. cit., p. 23).

 

1- Efecto desconcertante de un aroma, una luz, una continuidad

A decir verdad, no se ve cuál será el beneficio efectivo obtenido por la Monarquía. Es cierto que el Rey, y tal vez su simpático hijo, no habrán sido meros pretendientes al Trono, como tantos herederos reales que pasan cual melancólicas reminiscencias a la zaga de la historia europea. Sin embargo, al final del drama las posibilidades de la Monarquía se habrán evaporado quizá para siempre y la obra de la izquierda habrá producido devastaciones irreparables.

En efecto, la fuerza social y política de la Corona provenía del entusiasmo, simpatía o nostalgia que despertaba la imagen de la Monarquía, centrada sobre todo en la figura ideal de un Rey compuesta con trazos marcantes de la tradición. Ahora bien, sólo la consolidación y el enriquecimiento de dicha imagen, adaptada a los tiempos actuales, podrían garantizar la continuidad de la realeza.

He aquí el cometido primordialmente simbólico que cabe aún hoy a la Corona española y que puede ejercer ampliamente, incluso dentro de las limitadas atribuciones que la Constitución le fija. La figura de un Rey, ora majestuoso, ora gentil, que encarne a los ojos de todas las regiones de España lo que ésta tiene de más esencial, es decir, su unidad en la catolicidad, puede transformarse en factor de tonificación de los valores y de las instituciones tradicionales. Un monarca que de ese modo representase una aspiración de elevación cultural y social rectamente ordenada, simbolizaría la identidad de la nación consigo misma y su continuidad a lo largo de la Historia. La estabilidad de la Corona no se fundará así en las mayorías electorales efímeras, ni en las arenas movedizas de las combinaciones político-partidistas; su legitimidad esencial no provendrá de cambiantes legislaciones positivas.

Pero, ¿qué pensar de la durabilidad de una Monarquía que para sostenerse se vea obligada a volverse anodina y a entrar por el camino del ceder para no perder ante las exigencias de los que aspiran a implantar un día una República radicalmente libertaria e igualitaria? Irá perdiendo su propia fuerza de sustentación, quedando cada vez más a merced de la voluntad de sus adversarios, que la apoyarán mientras su permanencia les sea útil.

¿En qué consiste, en el caso concreto de la España socialista, esa utilidad?

El socialismo se ha propuesto la más radical transformación de mentalidades que haya conocido nuestra Historia. Esta transformación se realiza en vastos y muy ponderables sectores de una opinión pública cuya capacidad de pensar y de querer, y cuya sensibilidad cívico-moral están anestesiadas. Es multiforme, no perdona nada, corroe nuestros hábitos mentales, desafía nuestra moral, envilece nuestra cultura, desarticula nuestra familia, desmantela nuestras instituciones, lanza a nuestra nación en un proceso que la conduce hacia su desintegración política. Pero el socialismo quiere evitar conflictos, teme las tensiones y reacciones, desea realizar su gigantesca revolución en la atmósfera templada de un quirófano.

Ahora bien, la presencia de la Monarquía en estas circunstancias difunde en los más diversos ambientes un aroma de tradición, una tenue luz del pasado, una impresión de estabilidad, que compensa y neutraliza de algún modo el malestar profundo que por su naturaleza causará, tarde o temprano, la psicocirugía revolucionaria en curso.

Vemos a nuestros Reyes inaugurando grandes obras, patrocinando recitales, presidiendo conmemoraciones histórico-culturales, concediendo audiencias en Palacio; o en los grandes actos oficiales de la Corona, como la apertura de las nuevas Cortes y del año judicial, en la solemne recepción de credenciales a los embajadores, en la Pascua militar; o aún, en los actos brillantes de sus visitas oficiales a otras naciones o en sesiones extraordinarias del Parlamento Europeo en Estrasburgo. A la mayoría de los españoles les cuesta creer que, al mismo tiempo, pueda estar en curso en España una tremenda revolución. Si se produce algo chocante o incluso indignante en el acontecer político, esa misma mayoría acaba pensando que "no debe ser tan grave, porque de lo contrario el Rey reaccionaría". El respeto y la admiración por la Monarquía, en las condiciones que han sido creadas, termina teniendo un efecto psicológico adormecedor frente a la obra revolucionaria gradual del socialismo. Naturalmente, los neorrevolucionarios socialistas sólo habrán de querer la difusión de este aroma, la presencia de esta luz, la impresión de esta continuidad, emanadas de la Monarquía, en la medida de lo estrictamente necesario. Es decir, un aroma, una luz, una continuidad cada vez más etéreos, más tenues, más frágiles. De lo contrario, la institución monárquica podría transformarse para la revolución socialista en un peligroso boomerang, tonificador de todas las oposiciones. Es mínimo el riesgo de un eventual deterioro de la fibra socialista como consecuencia de esa discreta presencia psicológica de la Monarquía, porque el PSOE tiene todas las ocasiones para modelar el espíritu de sus seguidores en sentido opuesto.

 

2-  La catolicidad y la tradición que se evaporan

El juego es sutil. Una Monarquía cuya presencia distienda y evite las crispaciones, sí. Pero también una Monarquía cuyas ya discretas notas católicas y tradicionales se vayan evaporando lentamente, y con ellas, la propia institución. Una Monarquía que no suscite partidarios, una Monarquía funcional que se parezca cada vez más a una República coronada.

 

a) "Hacerse perdonar el ser Monarquía".— Una de las mejores descripciones de lo que sería esta Monarquía de nuevo estilo —ecuménica y desvanecida— la hizo un destacado monarquipublicano*, José María García Escudero, en una conferencia dictada en el Club Siglo XXI:

"Lo preocupante para una Monarquía moderna sería que tuviese demasiados monárquicos —monárquicos de corazón, se entiende—; porque en este caso su reacción sentimental a favor provocaría la previsible reacción sentimental en contra, que presumiblemente sería mayor. Esto no se producirá, en cambio, mientras se le exija [a la Monarquía] únicamente que funcione bien, como un órgano más del Estado. (...) Podremos preferirla a otras formas de Gobierno, pero, digámoslo así, 'republicanamente', es decir siempre que empiece por hacerse perdonar el ser monarquía y se despoje del esplendor y la pompa heredados y de la que yo llamaría 'magia monárquica'." [11]*

 

* La expresión es de Roberto Arce en un significativo artículo en "ABC" (21-5-1986), en el que explica por qué "un republicano de familia y vocación" se "convierte en sostenedor monolítico de la actual Monarquía española".

** A estos monárquicos de nuevo estilo, Emilio Romero los ve como el fruto característico del actual curso político y prefiere llamarlos "monárquicos de retorta, o de probeta, y no de conciencia, o de admiración'' (Tragicomedia de España, p. 20).

 

Cuando en 1975 Don Juan Carlos subía al Trono de los Reyes Católicos, pareció querer resaltar de algún modo los lazos de unión con el pasado, al declarar: "El Rey, que es y se siente profundamente católico, expresa su más respetuosa consideración para la Iglesia. La doctrina católica, singularmente enraizada en nuestro pueblo, conforta a los católicos con la luz de su magisterio." [12]

Sin embargo, los hechos posteriores hacen pensar que los asesores de la Monarquía, en lugar de aconsejar una línea de continuidad con la tradición, la llevaron a distanciarse de sus propios fundamentos y apoyos naturales para buscar un aleatorio respaldo en aquello que presumiblemente complace a sus aliados-adversarios.

Esta marcha hacia el vacío se ha caracterizado sea por hechos simbólicos, sea por omisiones diversas, sea por gestos y medidas que representaron una ruptura dramática con principios inmutables de la doctrina católica, aun cuando fuesen presentados como exigencias de una mecánica político-constitucional supuestamente ineludible.

El rey Alfonso XIII y la Reina Victoria Eugenia, recién casados (1906), llegan a Palacio para la recepción que sustituyó al baile de las bodas reales, en señal de duelo por las víctimas del atentado de la calle Mayor. A la derecha aparecen la Reina Madre Doña María Cristina, con el príncipe de Gales, que cuatro años después ocuparía el trono inglés con el nombre de Jorge V. Tras ellos, el archiduque Francisco Fernando de Austria y el príncipe Alberto de Prusia. (Cuadro de Juan Comba – Palacio Real de Madrid)

 

b) Símbolos de catolicidad abandonados.— Ya en los primeros días del reinado, causó triste sorpresa el ver cómo desaparecían de las monedas españolas las palabras "por la Gracia de Dios" que desde tiempos inmemoriales nuestros reyes mandaban acuñar junto a su nombre.

Pero éste no ha sido un hecho aislado. Representó más bien uno de los primeros hitos de una línea de conducta que va caracterizando cada vez más los actos públicos de la Monarquía.

La misma tónica se acentuó en la ceremonia de jura del Príncipe de Asturias como sucesor de la Corona, ante las Cortes, el día 30 de enero de 1986. Mientras diecisiete años antes, su padre juraba ante los Santos Evangelios y la imagen del Crucificado, el Príncipe de Asturias lo hacía ahora ante un volumen de la Constitución... y nada más [13].

Otro hecho característico fue el desagravio simbólico a los Países Bajos que los Reyes españoles realizaron en el Escorial, el 8 de octubre de 1985, ante la Reina de Holanda y el príncipe, su esposo [14].

Tal acto comportaba —quiérase o no— una afrenta a la memoria de Felipe II, quien fue, a pesar de sus errores, uno de los mayores soberanos católicos de los tiempos modernos. En efecto, este augusto monarca es visto a justo título en el mundo entero, como símbolo sobresaliente de la Corona hispánica y de su carácter militante al servicio de la Iglesia. Por eso mismo, este Rey siempre ha sido detestado por aquellos que odian al Papa, a la Iglesia y a la civilización cristiana; y siempre ha sido admirado por los buenos católicos, entre los cuales nada menos que Santa Teresa de Ávila, su contemporánea y súbdita.

Casi cuatrocientos años después de muerto, en un siglo que dice despreciar los símbolos, junto a sus venerables restos mortales y ante la presencia de dos jefes de Estado, el gran Príncipe católico fue arrancado de su contexto histórico y llevado al banquillo de los acusados de la intolerancia ecumenista.

No hay memoria de un hecho así en la Historia de Europa. ¿Qué pueblo hizo algo semejante con los grandes personajes-símbolo de su Historia, con Luis XIV, Federico II, María Teresa de Austria... o con el mismo perseguidor de católicos Enrique VIII, de grandeza muy dudosa?

¿Era necesaria también esta humillación para que España fuera aceptada y bien vista en una Europa moderna?

En medio de la comitiva real estaba la duquesa de Alba. Ni siquiera eso faltó. "La duquesa lucía su mejor sonrisa", informó la prensa, y agregaba: "por los pasillos del monasterio que el Rey Felipe mandó construir, (...) resonaron ayer los juicios más severos sobre su figura." [15]

Los partidarios de esta línea de conducta la justifican como una necesidad de adaptación de la Monarquía a los días de hoy. El propio Rey ha hablado de esta exigencia de modernización. Sin embargo, la modernidad, en los días que corren, comporta realidades aceptables y rechazables, buenas y malas, cristianas y anticristianas. Las páginas de este libro, por muchas que fueran, quedarían cortas para describir las ruinas que se acumulan en España bajo el signo de la modernización socialista. La adaptación no puede ser, pues, indiscriminada, so pena de entrar en choque con la identidad católica de España y de romper la continuidad con la tradición, de la cual brota la legitimidad de la misma Monarquía.

El actual curso político parece, no obstante, haber llevado a la Corona a ciertas actitudes desconcertantes que van más allá de los hechos simbólicos, o de los silencios. Presa en los mecanismos de la acomodación y del consenso, nuestra Monarquía se ha visto en situaciones dolorosas.

 

c) Aprobación a la China comunista.— Una diplomacia que se presume moderna exige hacer tabla rasa de los principios doctrinales en pro del pacifismo relativista y pragmático. El Rey, como Jefe de Estado, ¿será arrastrado por ella? Los españoles leímos perplejos, por ejemplo, el mensaje que Su Majestad envió al primer ministro de la China comunista, Hua Kuo-Feng, en 1976, con ocasión de la muerte de aquel que ha sido denominado el Stalin chino, Mao Tse-Tung: "Tenga la seguridad —afirmó el Rey— de que todos compartimos sin­ceramente el dolor del pueblo chino en estos tristes momentos, pero estoy seguro de que la figura del desaparecido presidente servirá siempre de modelo y orientación para su pueblo." [16]

Cuando en noviembre de 1975 Don Juan Carlos subió al Trono, muchos se alegraron esperando ver restauradas con la Monarquía las mejores tradiciones católicas de nuestra patria. Sin embargo, desde entonces la vida pública se ha ido caracterizando cada vez más por un alejamiento dramático respecto a esas tradiciones y a los apoyos naturales de la Corona.

 

 

Proclamación del Rey D. Juan Carlos I en las Cortes, el 22 de noviembre de 1975

 

Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús por Alfonso XIII, el 30 de mayo de 1919, en el Cerro de los Angeles, en las proximidades de Madrid

TFP-Covadonga, penetrada de sentimientos de veneración por la Corona, así como de respeto y afecto por el Rey, tuvo la honra de dirigirle una carta a propósito del rumbo que en aquel entonces tomaban los acontecimientos. Sobre este mensaje real al primer ministro chino, manifestábamos:

"De interpretar esas palabras en su sentido natural, Vuestra Majestad hace votos de que, durante todo un largo e indeterminado futuro ('siempre'), el pueblo chino se modele y oriente según el pensamiento y la obra de un hombre que fue uno de los más marcantes líderes comunistas de nuestro siglo. O sea, que el pueblo chino continúe comunista.

"Esto nos lleva a ponderar respetuosamente, Señor, que el comunismo en cuanto doctrina es lo opuesto de la Religión Católica, y en cuanto régimen es lo opuesto de la Ley de Dios." [17]*

Dos años más tarde, en visita a la China comunista, el Soberano hizo declaraciones en el mismo sentido**.

TFP-Covadonga hacía notar en su carta al Rey que si no fuese un monarca quien hiciese tales declaraciones, la perplejidad del público se pondría de manifiesto. Como es el Rey el que las formula, las personas no entienden, pero se callan... [18]

Los engranajes del proceso de modernización, que cuidan de mantener a todo precio el consenso con las izquierdas, habrían de traer dilemas cada vez más dramáticos.

 

d) El divorcio.— La Constitución consensuada permitió implantar la ley del divorcio. El Rey, como Jefe del Estado, tenía la posibilidad de sancionar o no la Constitución. Y, posteriormente, también la ley que introdujo el divorcio***.

 

*Transcribimos a continuación la respuesta:

CASA DE S. M. EL REY

EL SECRETARIO GENERAL

Palacio de la Zarzuela

 

Madrid, 18 de julio de 1978

 

Señor Don

JOSÉ FRANCISCO HERNÁNDEZ MEDINA

Presidente de "Sociedad Cultural Covadonga"

Madrid      

 

Mí querido amigo:

 

Por encargo de SU MAJESTAD EL REY, tengo mucho gusto en acusar recibo de su escrito de fecha 13 de julio.

Cumplo el encargo de S.M., y queda suyo atento y afectísimo amigo,

SABINO FERNANDEZ CAMPOS

 

 

** La prensa transcribió en esa ocasión las siguientes declaraciones del Rey: "Admiramos los sacrificios y esfuerzos que el pueblo chino ha realizado, al calor de un patriotismo pocas veces igualado en la historia, para llevar a cabo la clara y gigantesca transformación que presenciamos en nuestros días y conducir al país a metas de bienestar, de cultura y de progreso. "Quiero rendir homenaje a los grandes dirigentes de vuestra nación y recordar al presidente Mao Tse-Tung, y al primer ministro Chou En-Lai, los grandes artífices de la China de hoy, que dotaron al país de un espíritu, de un pensamiento político, de una clara seguridad nacional y de una esperanzadora determinación que han sido el asombro del mundo y que en vuestras manos continúan cumpliéndose en todas sus promesas" (Discursos de S.M. el Rey 1976-1979, p. 245).

 

*** Respecto al poder de sanción real discuten los especialistas. Incluso después de haber entrado en vigor la Constitución, el carácter híbrido del régimen político (Monarquía parlamentaria, que según ciertos autores está a medio camino entre una monarquía constitucional y una monarquía republicana) permite en rigor jurídico, según algunos, que el Rey niegue la sanción a una ley. Otros autores descartan virtualmente esa eventualidad basados en razones meramente políticas; y esto porque alegan que se pretendió dar a los poderes reales un carácter principalmente simbólico. Véase por ejemplo el estudio Sobre la Monarquía, de Ignacio de Otto quien, siendo contrario a la facultad de sanción, llega a recomendar que para evitar su uso —"jurídicamente lícito, aunque políticamente imposible"—, la Monarquía renuncie a ella y se convierta "en una Monarquía republicana", donde tal facultad no exista (apud Gregorio PECES-BARBA y otros. La izquierda y la Constitución, pp. 56-61).

Por su parte, dice el catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, Eustaquio Galán y Gutiérrez:

"Interpretar asimismo que el artículo 91 de esa supuesta Constitución impone al Rey la obligación de sancionar las leyes, es asimismo falso, pues para ello tenía que decir que 'el Rey sancionará obligatoriamente en el plazo de quince días las leyes aprobadas por las Cortes Generales’, y no dice 'obligatoriamente' ni usa otra locución equivalente. De modo que ese artículo sólo le señala al Rey un plazo para sancionar, si quiere. Pero nada dice para el caso de que el Rey no quisiere sancionar, o sea, que respeta clara, aunque implícitamente, el derecho de veto real.

"Y para colmo de la confirmación de que el Rey tiene potestad legislativa, al artículo 90 se le escapa decir literalmente —y así es— que antes de la sanción del Rey, todavía no hay ley, sino sólo proyecto de ley. Y esto constituye una prueba contundente de que la sanción real perfecciona la formación de la ley, de que es el acto culminante del proceso legislativo que convierte en ley lo que antes sólo es un proyecto de ley, y no, como sostiene 'Ya’, un trámite irrelevante y automático" ("El Alcázar", 25-7-1985).

Ver también el estudio El Rey y las Fuerzas Armadas de Miguel Herrero de Miñón, en la parte que se refiere al llamado poder de impedir "del Rey por la negación de su firma" ("Revista del Departamento de Derecho Político", Universidad Nacional de Educación a Distancia, n° 7, Otoño 1980, p. 47).

 

En la carta ya referida, escrita pocos meses antes de la aprobación del texto constitucional, TFP-Covadonga dirigió al Monarca las siguientes consideraciones sobre este asunto:

"No tenemos, Señor, la pretensión de daros ningún consejo respecto a esos asuntos. Estamos persuadidos de que, dentro del actual cuadro político español, con el alto prestigio moral de la Corona, las atribuciones legales compatibles con el actual curso de las cosas en nuestro país, y la amplia simpatía de que gozáis, podréis encontrar, en Vuestra sabiduría, los medios para alterar la situación que acabamos de poner ante Vuestros ojos, con nuestros homenajes de amor y de veneración. A este homenaje de amor filial y de veneración unimos una petición.

"Está ya muy avanzado el debate en la Cortes del nuevo texto constitucional. Una muralla más de la España cristiana está a punto de derrumbarse. Es la indisolubilidad del vínculo conyugal y, por lo tanto, de la familia. Y, sin familia cristiana no hay nación cristiana.

"Empeñad, Señor, todos los factores de influencia que acabamos de enumerar, para evitar esta nueva victoria de los demoledores de la España cristiana.

"Haciéndolo, Señor, perderéis tal vez el apoyo de las izquierdas. Pero velarán por Vuestra augusta persona, por Vuestra Dinastía y por la España católica los Santos que sobre ella reinaron, y también los que la ilustraron con sus estudios, con sus hazañas apostólicas, con sus hechos de armas y con sus obras de caridad insignes." [19]

Ya pertenece a la Historia el hecho de que el Rey haya refrendado la Constitución y la ley divorcista.

 

e) El aborto.— Más tarde llegaron al Gobierno los socialistas, y nuevas sanciones fueron pedidas al sucesor de los Reyes Católicos. La más trágica de todas, hasta el momento, ha sido la ley del aborto.

Don Juan Carlos prefirió también, en esta disyuntiva histórica, no escuchar las voces amigas que señalaron a tiempo las consecuencias morales, e incluso políticas, de tales actos. Se destacó entre todas la del obispo de Cuenca, monseñor José Guerra Campos. Este prelado, además de indicar en valientes cartas pastorales las gravísimas consecuencias morales que implicaba la aprobación de la ley del aborto, se refirió explícitamente al problema de la sanción real a la luz del derecho canónico*.

Presa en los mecanismos de la acomodación y del consenso, nuestra Monarquía se ha visto en situaciones dolorosas que le han hecho  perder muchos de sus apoyos naturales, como ha sido con lo ocurrido durante la visita de los Reyers a la China comunista en 1978 ( en las fotos de al lado, SS.MM. depositan una corona de flores en la tumba de Mao Tse Tung ), o con la sanción real a las leyes del divorcio - ésta ya prevista ne la Constitución - y del aborto

 

 

 

 

 

 

 

S.M. el Rey firma la constitución de 1978

 

* Así termina su última carta pastoral al respecto: "La autoridad de la Iglesia puede determinar de modos variables lo referente a las penas canónicas. Ninguna autoridad de la Iglesia puede modificar la culpabilidad moral ni la malicia del escándalo. A veces se pretende eludir las responsabilidades más altas como si la intervención de los Poderes Públicos se redujese a hacer de testigos, registradores o notarios de la 'voluntad popular'. Ellos verán. A Dios no se le engaña. Lo cierto es que, por ejemplo, el Jefe del Estado, al promulgar la ley a los españoles, no dice: 'doy fe'. Dice expresamente: 'Mando a todos los españoles que la guarden'.

"Los que han implantado la ley del aborto son autores conscientes y contumaces de lo que el Papa califica de 'gravísima violación del orden moral', con toda su carga de nocividad y de escándalo social. Vean los católicos implicados si les alcanza el canon 915, que excluye de la Comunión a los que persisten en 'manifiesto pecado grave'. ¿De veras pueden alegar alguna eximente que los libre de culpa en su decisiva cooperación al mal? ¿La hay? Si la hubiere, seria excepcionalísima y, en todo caso, transitoria. Y piensen que los representantes de la Iglesia no pueden degradar su ministerio elevando a comunicación in sacris la mera relación social o diplomática.

"La regla general es clara. Los católicos que en cargo público, con leyes o actos de gobierno, promueven o facilitan —y en todo caso, protegen jurídicamente— la comisión del crimen del aborto, no podrán escapar a la calificación moral de pecadores públicos. Como tales habrán de ser tratados —particularmente en el uso de los Sacramentos—, mientras no reparen según su potestad el gravísimo daño y escándalo producidos" (apud "El Alcázar", 17-7-1985.

 

TFP-Covadonga hizo llegar a Don Juan Carlos, el 2 de diciembre de 1983, la carta que transcribimos al lado.

 

TFP-Covadonga se dirigió al Rey pidiéndole que no sancionara el aborto

 

El día 2 de diciembre de 1983, la Sociedad Española de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad envió a Su Majestad el Rey la siguiente carta:

 Majestad:

La Sociedad Española de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad — Covadonga se presenta respetuosamente ante V.M. a fin de implorar en nombre de sus socios, cooperadores y corresponsales, y de los innumerables simpatizantes existentes en todo el territorio nacional, que rehúse su firma al decreto despenalizador de la matanza de los inocentes en tierras de España.

Nos dirigimos a quien es por definición y por excelencia el Rey Católico. Parece innecesario encarecer cuánto tiene de cruel y anticristiana la ley que las Cortes acaban de aprobar, contra las protestas de algunos diputados y senadores cuyos nombres el corazón de los verdaderos españoles guardará.

La Corona con la que el curso de la historia ciñó la frente de V.M. se inserta en la continuidad de la España de hoy y del mañana con sus tradiciones de ayer. La convicción de esta continuidad correrá grave riesgo de entrar en declino en el espíritu de muchos de los más fieles españoles a partir del momento en que la matanza de los inocentes sea sancionada por V.M.

Mirando retrospectivamente hacia todos los santos y los verdaderos héroes de la historia de nuestra patria, desde nuestros días hasta el más remoto pasado, nos parece que claman a los cielos protestando por lo que acaba de ser aprobado. Ellos piden a Dios, a Nuestra Señora del Pilar y a Santiago, patrón de este Reino, que iluminen y den fuerzas a V.M. para el rechazo que está en su regia misión hacer ahora.

De nuestra parte, expresamos a V.M. nuestros deseos de ardientes españoles de que así España, entusiasmada, pueda aplaudir en el actual continuador de Fernando III el Santo, al varón íntegro y sin temor que le corta el paso a la descristianización de su patria. A estos aplausos jun­taremos calurosamente los nuestros.

Presentando a V.M. nuestros homenajes, suscribimos la presente respetuosamente

José Francisco Hernández

 Nota: Esta carta fue publicada en los diarios "El Alcázar" (4-12-1983), "Hoja del Lunes" de Madrid (5-12-1983) y "Hoja del Lunes" de Zaragoza (12-12-1983). La misiva quedó sin respuesta.

f) En el centro de un inmenso equívoco.— Paso a paso, el curso de los acontecimientos va desplazando a la Corona hacia el centro de un inmenso equívoco. Ella es objeto de aplausos que provienen de los sectores más opuestos entre sí: innumerables españoles la apoyan y veneran por la tradición que representa, mientras socialistas y comunistas la aplauden porque les parece que sin ella no podrán realizar la demolición de la España católica tradicional.

Pero, ¡cuidado! A medida que pasa el tiempo, los aplausos de los partidarios naturales de la Monarquía van disminuyendo, mientras crecen los elogios y panegíricos de aquellos que odian lo que la Monarquía representa [20]. Hasta el blasfemo Francisco Umbral se vuelve melifluo al referirse a la Monarquía: “Tengo para mí que este Rey deportista alimenta la ambición secreta de ser el soberano de todos los republicanos españoles. Nunca se ha visto una Monarquía tan republicana (...) Y yo, a fuerza de escucharle, de observarle, pienso que él no abandonaría nunca su proyecto democrático para España, su sueño de una monarquía europea y socializante." [21]*

 

* Podríamos multiplicar citas como ésta. Léase por ejemplo esta otra de la escritora María Zambrano: "Se dice de mí, o se ha dicho, que soy fiel a la República. Pero yo he aceptado no la Monarquía, pero sí a este Rey y a su esposa. Y eso ya lo he dicho cuando acepté el Premio Príncipe de Asturias. Yo me enteré de que existía el premio cuando me lo dijo el presidente del jurado, mi amigo de siempre el filósofo José Ferrater Mora; cuando me ofrecieron el galardón dije que estaba de acuerdo, y él me dijo que don Juan Carlos es el primer Rey republicano. (...) Yo soy fiel a la República, yo soy fiel a España. Si los reyes de hoy lo son también, coincidimos" ("El País", 27-11-1984).

 

Ahora bien, si a los asesores de la Corona no les basta la fidelidad a la Ley de Dios y a la doctrina católica para aconsejar al Rey una rectificación del rumbo actual, debería hacerlos pensar al menos aquello que decía el sagaz canciller alemán Konrad Adenauer: la primera tarea de cualquier ins­titución o fuerza política que quiera perdurar es la de cultivar su área natural de influencia, para sólo después pensar en atraerse las simpatías de las demás. De lo contrario, no tardará en llegar el día en que se encuentre aislada y sin defensa en medio de sus adversarios.

 

3-  La disminución del contenido jurídico-institucional de la Monarquía

Paralelamente, España asiste a una pérdida gradual del contenido jurídico-institucional de la Monarquía. Al propio Don Juan Carlos no le pasó inadvertido este fenómeno cuando aún conservaba efectivamente todos los poderes de la Jefatura del Estado, pues comentó las negociaciones que se hicieron sobre las características que tendría el régimen monárquico en la Constitución, en los siguientes términos: "De seguir las cosas así, creo que tendré menos poderes que el Rey de Suecia. Pero si eso favorece la aceptación de la forma monárquica de Estado por todos los partidos políticos, estoy dispuesto a aceptarlo.” [22]

La Constitución de 1978 estableció un tipo de Monarquía parlamentaria en la cual al Rey le quedan escasos poderes que, dicho sea de paso, están imprecisamente estipulados en la mayor parte de los casos*. El socialismo se encargaría de recortar el más efectivo de ellos, el mando supremo de las Fuerzas Armadas, y de socavar en la práctica, en dosis cuidadosamente medidas, el prestigio de la Corona.

 

* La actual Monarquía española no se encuadra en los marcos de las antiguas Monarquías constitucionales en las que la Constitución representaba un límite al poder real. El Rey Juan Carlos I se despojó de los poderes de Jefe de Estado que asumió en 1975 y las Cortes constituyentes se transformaron, en calidad de representantes democráticas del pueblo, en las depositarias del poder. El texto constitucional pasó a constituir no sólo un límite de las facultades monárquicas, sino una fuente positiva de las mismas. Se trata de un sistema democrático, de una forma de gobierno que se denominó Monarquía parlamentaria. El principio monárquico, no siendo considerado como fuente de poder, fue contemplado más bien como generador de funciones simbólicas de contornos jurídicos muchas veces imprecisos. Es el caso ya comentado de la facultad de sanción real de las leyes que, según algunos, sería una mera función de promulgación de los textos legales, casi notarial, producto poco jurídico de lo que el profesor de Derecho Político, Antonio Torres del Moral, llama una mera "inercia de ciertas fórmulas de nuestro derecho histórico y del mimetismo del derecho comparado". De la ambigüedad constitucional había por si sólo este sorprendente comentario.

En cuanto al Rey como árbitro y moderador, el problema es análogo. Según el citado profesor "tal como ha quedado definida entre nosotros, la función moderadora (que no poder) es sólo una capacidad de influencia en los engranajes constitucionales para su más lubricado funcionamiento". Sobre la condición constitucional de árbitro, Torres del Moral afirma: "El arbitraje es difícilmente deslindable de la función moderadora y, en el caso de la Constitución española, también de la función simbólica, debido al carácter parlamentario de la Monarquía". Y termina preguntando: "¿Cuáles serían las competencias concretas de esta función arbitral en el juego institucional español?", a lo que responde dubitativo: "Parece que la única ocasión en la que propiamente el Rey media entre el ejecutivo y el legislativo es la de su propuesta de candidato a la Presidencia del Gobierno". Pero agrega que cree que el protagonismo del Rey en este caso, de acuerdo con el régimen constitucional "no pase de la sugerencia y del intercambio de impresiones" (La Monarquía parlamentaria como forma política del Estado español in LUCAS VERDU La Corona y la Monarquía parlamentaria en la Constitución de 1978, pp. 60, 64, 65).

Se esté de acuerdo o no con las interpretaciones del catedrático, que se confiesa republicano, las transcripciones hechas bastan para mostrar cómo son genéricas e imprecisas las facultades y funciones reconocidas al Rey por la Constitución.

 

En efecto, no se puede ver sin alarma la reforma que el Gobierno socialista llevó a cabo en las Fuerzas Armadas, vaciando de contenido efectivo el precepto constitucional que confiere al Rey el mando supremo de los tres Ejércitos. Entre el Monarca y las Fuerzas Armadas, la reforma socialista introdujo el poder directo del presidente del Gobierno y del ministro de Defensa*.

 

* Al respecto escribió Emilio Romero: "El jefe supremo de las Fuerzas Armadas era el Rey; el ministro de Defensa tenía una función administrativa y de organización, principalmente; y el presidente del Gobierno no aparecía por ninguna parte en este mundo militar. (...) [A partir de la reforma] las dos funciones de naturaleza política, la del ministro de Defensa y la del presidente del Gobierno, pasaban a dirigir las Fuerzas Armadas en el organismo superior de la Defensa (...) Con el Rey se tenía la obligación de no olvidar que era el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, y entonces asiste a las reuniones de la Junta de Defensa. Pienso también que el socialismo, en una primera etapa, conserva la relevancia del Rey en todas estas cuestiones" (Tragicomedia de España, p. 280)

 

Los medios monarquipublicanos no ven, por cierto, peligro alguno en ello. A su vez, el propio Rey hablando sobre esas modificaciones en la Pascua Militar de 1984 declaró: "Es preciso colaborar a estas reformas, sin dudas ni reservas, porque la modernización de los Ejércitos no es más que una faceta de la que también en otras áreas requiere la nación".

En la misma ocasión, Don Juan Carlos consideró oportuno evitar crispaciones entre sus eventuales partidarios, agregando: "El patriotismo está también en saber admitir la voluntad de nuestros compatriotas, legítima y libremente expresada. (...) No acumulemos dudas ni rencores. No llenemos nuestro ánimo de preocupaciones o recelos." [23]

Mientras tanto, el Gobierno socialista, como por casualidad, va adoptando medidas que desdoran el prestigio de la Corona, reduciendo a un papel decorativo el precepto constitucional que establece que el Rey "asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales" (art.56).

Fue el caso del discurso pronunciado por el Rey ante las Cámaras Legislativas de Brasil, el 17 de mayo de 1983, en el que aparecían, textualmente, varios párrafos de un artículo de Felipe González, publicado tres semanas antes (el 2 de mayo) en la edición de lengua española de "Le Monde".

Por toda excusa el Gobierno se limitó a decir que hubo un lamentable equívoco del funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores encargado de preparar los discursos [24].

Va en el mismo sentido la introducción de modificaciones en el protocolo para la recepción de Jefes de Estado extranjeros. Según informó la prensa, ni el presidente ni el vicepresidente del Gobierno acudirán al aeropuerto, debido a razones de seguridad y al deseo de "evitar pérdidas de horas de trabajo a los altos cargos de la nación". Irá, en cambio, el Rey, acompañado del ministro de Asuntos Exteriores y otras autoridades [25].

No menos expresiva fue la comentada desorganización que hubo en la visita de los Reyes a Estados Unidos, en que según las informaciones de la prensa, Sus Majestades quedaron en situaciones incómodas que desdoraron el prestigio de la Corona [26].

Por otra parte, la televisión estatal, bien secundada por "El País", no ha tenido inconveniente en entregarse a operaciones de intoxicación informativa para denigrar a la aristocracia española, intentando salpicar a miembros de la propia Familia Real. Nos referimos al aprovechamiento escandaloso de lo que se llamó el "caso Palazón"*.

 

* "El globo del 'caso Palazón' —leemos en "ABC"— fue hinchado escandalosamente. (...) La prueba de que ello fue así es que el juez Lerga ha dejado reducido a prácticamente nada lo que se presentó como gran escándalo. (...) Carecía enteramente de base la acusación vertida en el planteamiento socialista del 'caso Palazón' contra una entera clase social española, y careció de calificativos la manipulación añadida que en televisión se hizo, con ataques subliminales a la propia Familia Real" ("ABC", 7-8-1985). Sobre el intento de "El País" de involucrar a "parientes y amigos de la Familia Real" en el inflado caso ver también "ABC", 10-2-1985.

 

4-  Entre elogios oficiales al actual Monarca, crece la propaganda republicana

Paralelamente, los socialistas, pese a sus ditirambos sobre el papel del Monarca actual, no cesan de recordar que continúan siendo republicanos* y los sectores duros se permiten hacerlo de modo cada v Consejo General del Poder Judicial, el socialista Pablo Castellano, declaró: "Democracia y república son términos absolutamente inseparables. La explosión de la democracia, según va avanzando en su profundización, no tiene más que un nombre: república, república y república", Pablo Castellano señala el camino a seguir: "Cuando la democracia [esté] debidamente asentada, vivida en la mente de todos y cada uno de los ciudadanos españoles y llevada en su razón práctica por todas y cada una de las instituciones hasta sus últimas consecuencias, dará un solo y único resultado, que se llamará la república". Añadiendo no sin cautela: "Obviamente, no la II República." [27]

 

* Alfonso Guerra, por ejemplo, guiso recordar —durante un congreso socialista celebrado en Vascongadas— que para los socialistas democracia y república son términos absolutamente inseparables ("ABC", 15-4-1985). Y en otro congreso, realizado en Valencia, afirmó que el PSOE sigue siendo republicano, pero que los socialistas han "llegado a la conclusión de que el sistema de convivencia que actualmente impera en España es una obra del monarca, y los socialistas gobiernan bien con el Rey, pues las relaciones entre el jefe del gobierno y el monarca son excelentes, quizá las mejores que se han dado durante la transición" ("La Vanguardia", 20-4-1985).

 

A su vez, grupos vinculados a diversos partidos de izquierda, incluido el PSOE, comienzan a realizar aquí y allá, manifestaciones republicanas. Una vez las promueve el PCE en el barrio madrileño de El Pilar; en otra ocasión aparece una bandera republicana en las fiestas patronales de Getafe; en Andalucía, enarbolan dicha bandera en concentraciones políticas a favor de la reforma agraria; o en Ceuta, las Juventudes Socialistas conmemoran con ella el aniversario de la II República; un poco por todas partes, pintadas y carteles reclaman, en tono muchas veces insultante, la implantación de la República [28].

Todo lo cual resulta muy cómodo para los socialistas moderados. Felipe González, Alfonso Guerra y los suyos pueden seguir dándose el lujo de aparecer como aliados de la Monarquía, pues su presencia en el Gobierno aparece como un freno para los republicanos exaltados...

*   *   *

No se puede ver sin alarma la reforma que el Gobierno Socialista llevó a cabo en las Fuerzas Armadas. Entre otras vació de contenido efectivo el precepto constitucional que confiere al Rey el mando supremo de los tres Ejércitos.

Por otra parte, los socialistas van adoptando medidas que son un des­doro para el prestigio de la Corona y no pierden ocasión para recordar que continúan fieles a la República.

"Nunca se ha visto una Monarquía tan republicana"

Mientras Alfonso Guerra (izquierda) recordaba en el Congreso del Partido Socialista del País Vasco que, para los socialistas, democracia y república son términos absolutamente inseparables, el entonces diputado socialista y actual miembro del Consejo General del Poder Judicial, Pablo Castellano (derecha), pudo declarar que "la explosión de la democracia, según va avanzando en su profundización, no tiene más que un nombre: república, república, república".

España asiste a una disminución gradual del contenido jurídico-institucional de la Monarquía. Al propio Rey Don Juan Carlos no le pasó desapercibido el fenómeno cuando comentó en 1976: "De seguir las cosas así, creo que tendré menos poderes que el Rey de Suecia".

He aquí, a grandes rasgos, el extraño cuadro de la España a la vez monárquica y socialista; cuadro de contradicciones deformantes e ilusiones anestesiantes que tanto ayudan al desarrollo tranquilo y sin oposiciones de la revolución del PSOE.

TFP-Covadonga, en su ya citada carta al Monarca, así se expresaba: "No asombra, pues, Señor, que aquellos españoles cuya doctrina lleva implícita la destrucción de Vuestro Trono, que desean extinguir Vuestra Dinastía y la instauración de una obra que es la más completa negación de todo lo que la Monarquía española representa, exijan de sus partidarios un completo apoyo a la Monarquía, frecuenten Vuestros palacios, participen de Vuestras recepciones y den como razón para ello que sólo la presencia de un Trono en España puede lograr que la nación no reaccione enfurecida frente a los triunfos que las izquierdas van alcanzando entre nosotros." [29]

  Al terminar estas consideraciones, dictadas por nuestro amor a España, a la Monarquía y al Rey, es oportuno recordar las palabras del Divino Espíritu Santo: "No es en la prosperidad cuando se conoce al amigo, ni en la desgracia cuando se oculta el enemigo. En la dicha, hasta el enemigo es amigo; en la desgracia, hasta el amigo se retira. No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad. Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él. Haz con él como quien limpia un espejo, y verá que está del todo oxidado. No le pongas junto a ti, no te derribe y ocupe tu puesto. No le sientes a tu derecha, no sea que te quite tu silla y al fin reconozcas la verdad de mis palabras y te compunjas al recordar mis advertencias. ¿Quién se compadecerá del encantador a quien muerde la serpiente y del que anda con fieras? Así del que busca la compañía del pecador y se mezcla en sus pecados. Mientras tú estés en pie no se descubrirá, pero en cayendo tú te abandonará. El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte en la fosa. Derramarán lágrimas sus ojos, pero si hallare oportunidad, no se hartará de sangre. Si la desgracia te alcanza, le tendrás frente a ti. Y fingiendo socorrerte, te echará la zancadilla." (Ecl. 12, 8-19).


NOTAS

[1] Apud PSOE Memoria —I — 28 Congreso del PSOE, p. 90.

[2] Apud Emilio ROMERO, Tragicomedia de España, PP. 48, 50.

[3] "Cambio 16", 30-1-1977.

[4] "El País", 2-10-1977.

[5] Cfr. PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA, Noveno Congreso del P.C.E., p. 344.

[6] "ABC", 26-1-1985.

[7] Apud Emilio ROMERO, Tragicomedia de España, p. 57-58.

[8] Cfr. Philipe NOURRY, Juan Carlos, un roi pour les républicains, pp. 83-85.

[9] Apud Emilio ROMERO, Tragicomedia de España, pp. 72-73

[10] Ibídem, p. 74.

[11] José María GARCÍA ESCUDERO, A vueltas con las dos Españas, p.68,71.

[12] JUAN CARLOS I, Mensajes de la Corona, vol. IV, p. 19.

[13] Cfr. “Siempre p'alante”, 15-2-1986.

[14] 14 Cfr. capítulo 3, ítem V.

[15] "El País", 9-10-1985.

[16] "Ya", 11-9-1976.

[17] Carta dirigida a Su Majestad el Rey D. Juan Carlos por José Francisco Hernández Medina en nombre de la Sociedad Cultural Covadonga, el 13 de julio de 1978. Archivo TFP-Covadonga.

[18] Cfr. ibídem.

[19] Ibídem.

[20] Cf. Ibídem.

[21] Apud Philippe NOURRY, Juan Carlos, un roi pour les républicains, p. 398.

[22] Ibídem, p. 400.

[23] "El País", 7-1-1984.

[24] "El Alcázar", 22-5-1983.

[25] Cfr. Ismael Medina, Felipe tiene miedo in "El Alcázar", 24-4-1986.

[26] Cfr., p. ej., "Diario 16", 4-10-1987; "El País", 3-10-1987.

[27] "El Alcázar” 16-4-1985.

[28] "ABC", 1-9-1986; "El Alcázar", 16-4-1985; "Ya", 13-10-1983.

[29] 29 Cfr. nota 17.